Mercedes Sosa
Un día en que cantamos todos.
La voz iba a llenar el teatro ¿de música?¿ de canciones ? No, era otra cosa, teníamos miedo, no sabíamos si se iba a hacer el recital o no. Sucedía que con ellos nunca nada era previsible.Esa era la esencia de ellos, lo enloquecedor. Actuaban como dioses malignos que no respetan ninguna regla, ninguna lógica, para empequeñecernos Las entradas vendidas, nosotros en las butacas, no eran indicios suficientes.Debería saber el año, la fecha, sólo sé que era verano, en la costa, y que la dictadura, me imagino, empezaba a.acabarse. Quién puede saber las últimas heridas que el cuerpo tambaleante de los mostruos son capaces de provocar.En las películas, el asesino serial en el piso, siempre se levanta y arremete.Lo conocen los hondureños, esa jovén mujer que acaba de morir, con gases tóxicos en su garganta todavía con gritos por gritar.Norberto, me digo, sabría la fecha, podría rescatarla, pero él no está.Recuerdo el aplauso gigante cuando apareció, gigante porque estaba lleno de palabras, de llantos ahogados, de rabia, de amor. Ese aplauso como un abrazo que nos unía y la unía a ella con nosotros y con los ausentes. Esa liberación antes de que cantara.Ese aplauso, contaba a quienes quisieran oirlo, que estábamos ahí por algo más que por el canto. Desde la puerta entreabierta de mi memoria lo escucho en el cuerpo. Mi memoria en el cuerpo, en las manos que duelen, en la piel estremecida por la música (de las manos que les duelen a los otros de tanto sonar) clavada en la piel, música fuerte de libertad oprimida que se desata, como una bandera ondeada en el cuerpo colectivo, cuerpo que ya se había parado, como un animal que busca la salida.
Después, solo después, la voz llenó el teatro.